Que oña cotorros, esta es sucia y vengativa como la de Jerry. Cuando iba en 7mo semestre de Mvz, una compañera me ofreció su puesto en una clínica veterinaria ya que ella se iría a CDMX a hacer su recidencia. El trabajo era sencillo, asistías al doctor que era el dueño, y eras secretaria, administradora, contadora y todologa. La clínica contaba con varios servicios, uno de ellos era la estética. El vato que era el “encargado” al principio de porto muy amable, y a mí como “la nueva” me tocaba ayudar en la estética los sábados. Los primeros meses todo estuvo tranquilo, empezamos el vato y yo a entablar una relación amistosa, nada fuera de lo común y sin intenciones de algo más, al menos por mi parte. De las pláticas que teníamos alguna vez salió el tema de que mi papá tenía poco tiempo de haber fallecido, yo platiqué que la estaba pasando muy mal y que andaba muy deprimida. El conflicto con el peluquero empezó por los sábados. El wey no llegaba a tiempo, entrábamos a las 10am y nos íbamos a las 5pm. Los perros para estética empezaban a llegar desde las 10, y yo solo los bañaba, si querían corte el vato era el responsable. Pero llegaba a las 2pm o a las 3pm y yo me aventaba todo el trabajo y este wey casi casi nada más llegaba a cobrar, ya que le pagaban un porcentaje de cada uno de los perros que llegaban por día. Y a veces cuando llegaba temprano se acostaba en el piso de la estética mientras yo hacía todo el trabajo. Un día exploté, ya que era el final del día, me había quedado una hora más de trabajo por petición del doctor y como el wey había llegado bien tarde le tocaba limpiar la estética. Le comenté que ya me iba y me dijo “no te puedes ir, tienes que limpiar”. Yo solo le dije que ya me había quedado una hora más para ayudarle, que la próxima vez llegará temprano y podíamos recoger entre los dos, pero que no me iba a quedar más tiempo por culpa de su impuntualidad. Pude ver el coraje en su cara, pero no vi venir lo siguiente: agarró la escoba, me la aventó y me dijo “te dije que limpies”. Lo miré a los ojos, le dije que no y me fui, no sin antes decirle al doctor que era el último sábado que ayudaba en la estética. Después de eso el pendejo peluquero empezó como niño de primaria a dificultarme el trabajo, seguía sin llegar temprano, me aventaba la agenda donde teníamos la programación de los perritos que vendrían a estética, me aventaba el teléfono, se burlaba de mi apariencia, cuando iba a darle información de los perritos me cerraba la puerta en la cara, no me contestaba cuando preguntaba algo del trabajo. En fin, como niño de primaria. Dure trabajando ahí bastante tiempo, pero dos años después de este conflicto, llegó el día en que mi paciencia se acabó. Una semana, uno de los que trabajábamos ahí llegó enfermo de gripa, y como moscas fuimos cayendo, yo fui la segunda, mi compañera doctora la tercera y el peluquero el siguiente. Se enojó tanto de que estuviera enfermo que me escribió para reclamarme, lo ignore, pero en eso me escribió “te voy a contar un chiste: toc,toc, no soy tu papá porque está muerto.” Me dio mucho coraje, lo bloquee. Pero algo dentro de mi no quería dejar pasar eso. La semana siguiente y como ya llevaba un tiempo trabajando en la clínica, ya corría muestras de laboratorio. En una de esas nos llegó un cachorro con presunta giardiasis, un parásito que puede trasmitirse a los humanos. La muestra en cuestión es caca del paciente. Comencé a trabajar con la muestra y al momento de observar al microscopio ahí estaba el hermoso parásito sonriéndome. Algo en mi me dijo que era el momento de vengarme, el peluquero siempre dejaba su botella de agua en el comedor de empleados, y lo mejor de todo ya se había ido. Yo ya tenía la muestra procesada, pero había quedado un poco de caca. Así que la maceré, la decanté y toda la eché en la botella abierta pero casi nueva del pendejo peluquero. No voy a mentir, pero en la noche me sentí muy culpable de lo que había hecho y me dije a mí misma que al día siguiente tiraría el agua. Llegué al día siguiente, tuvimos mucho movimiento en la clínica así que olvide por completo la botella de agua. A la hora del almuerzo, me encuentro al peluquero, me preguntó cómo habían pedido el corte de un perro a lo que le respondí: “la señora pidió que le llamaras”. Me contestó: “márcale que para eso eres la secretaria”. Solo le dije: “la agenda está en el escritorio y también el teléfono, estoy comiendo, márcale tú por favor” En eso veo que garra su botella de agua, la abre y justo antes de darle en trago me dice: “pinche huérfana” Cotorros yo no me enojé, todo el remordimiento que tuve desapareció mientras disfruté como se tomaba el agua con caca de perro con giardia. Solo sonreí y seguí comiendo. El lunes siguiente el vato traía una diarrea mortal que honestamente disfruté muchísimo que tuviera. Meses después yo encontré trabajo en otra clínica mejor pagada. Pero gracias a Dios no me fui de ahí sin vengarme de ese pedazo de mierda.