Quiúbole cotorros, espero que la estén pasando chingón. Les cuento mi bonita anécdota de cómo el transporte público de la CDMX y la audacia de un pendejo desafiaron las leyes de la medicina. Iba yo en el Metro, hora pico, calor infernal, el mismísimo infierno en la tierra. De la nada me empecé a sentir súper mal, pero mal nivel: "Ya nos fuimos, Diosito me está hablando, me voy a desmayar aquí mismo". La presión se me fue al piso, veía borroso y sentía que las piernas no me daban. En un momento de desesperación y supervivencia, volteo con el vato que tenía al lado. Con mi último aliento, pálida como fantasma y sudando frío, le pido ayuda: "Oye, por favor, me siento súper mal... ¿puedes llamarle a mi mamá?". Cualquier ser humano decente saca su celular, pero este asqueroso vio su oportunidad de oro. El wey me voltea a ver con cara de galán de balneario y me dice: "Mejor dame tu teléfono, mami...". ¡No, bueno! En ese preciso segundo ocurrió un milagro médico. El coraje, la indignación y el perro asco que me dio su respuesta hicieron que mi cuerpo liberara una dosis masiva de adrenalina pura. El instinto de "aquí corres porque te roban o te pasa algo" se activó. Se me quitó la pálida, recuperé la vista en alta definición, la presión se me subió al millón y el desmayo se canceló por completo. Me puse tan chingona por el puro peligro que hasta me dieron ganas de meterle un Madrazo. Al final, sobreviví. Llegué a mi casa entera, súper indignada, gritando y maldiciendo al tipo ese con mi mamá (a la que por fin pude ver). En resumen: el acoso en el Metro está dlv, pero hey... me ahorré la ida al doctor. Claramente mi anécdota expone una situación gravísima pero a la vez esa situación me salvó de un desmayo, de perder mis cosas y quién sabe qué más. Saludos cotorros, dejen mi anécdota si quieren que me vuelva a encabronar. Los tqm!