Que onda cotorros como están esta es mi primer anécdota. Hace poco nos fuimos cuatro amigas a la playa con la intención de hacer lo que cualquier persona sensata hace en vacaciones: tomar, comer y no tener responsabilidades. El segundo día bajamos a la playa y como todos los camastros del hotel estaban ocupados, rentamos una mesa. Todo iba perfecto. Estábamos tomando nuestras bebidas, comiendo, platicando… hasta que se acerca uno de los chavos que rentaban motos acuáticas y empieza a platicar con una de nosotras. Y el chavo no se iba. Ahí seguía. Nosotras ya estábamos en plan de: “Amiga, tú lo invitaste o qué está pasando aquí?” Se va ese y llega otro. Se va otro y llega otro. Hasta que de repente ya había tres chavos con nosotras. Y nos dicen: —¿No quieren tomar con nosotros? Y nosotras por dentro: “No queremos ni que estén aquí, pero tampoco sabemos decirles que se vayan.” Como nosotras ya teníamos bebidas del hotel, ellos compraron las suyas y se pusieron a tomar con nosotras. Pasaron las horas y ya eran como las seis o siete de la tarde. Nosotras ya queríamos irnos. Pero no sabíamos cómo. Así que decidimos hacer la estrategia más cobarde y elaborada: Irnos de una en una. Una agarraba sus cosas: —Bueno, yo ya me voy. Otra: —Ay, yo también. Hasta que quedamos dos amigas con dos de ellos. Y uno de los chavos ya estaba bastante borracho. Empieza a acercarse a mí y: —Dame un beso. Yo: —No. —Ándale, dame un beso. —No. —Ándale. Y como nosotras somos pésimas poniendo límites, yo dije: “Bueno, te doy uno para que te calles.” ERROR. Porque después del beso fue: —Ay, es que besas bien rico. Y yo: “Pues qué bueno, felicidades. Ahora déjame ir.” Yo ya quería regresar al hotel. Le dije: —Ya me voy. Y me dice: —¿Pero vas a regresar? Y yo: —Sí, sí, sí, claro que voy a regresar. Porque obviamente yo ya estaba mintiendo por supervivencia social. Y me dice: —Dame otro beso para saber que sí vas a regresar. Le doy otro beso y finalmente me deja ir. Nos vamos mi amiga y yo, llegamos al cuarto y empezamos a reírnos de todo. Hasta que me doy cuenta: “Oigan… ¿y la funda del celular?” Silencio. Ahí traíamos dinero y dos tarjetas del hotel. Y las tarjetas eran lo que más nos preocupaba porque si las perdíamos, nos las cobraban. Empezamos: —¿Quién la agarró? —Yo no. —Yo tampoco. —¿Tú la traías? —¡NO! Bajamos otra vez a la playa. Ya no estaban los chavos. Ya no estaba la mesa y Ya no estaba la funda Y ahí nos empezamos a preocupar Nos encontramos a otro chavo que trabajaba por ahí y le preguntamos si había visto a los otros. Le contamos todo y el pobre hombre se puso a ayudarnos. Nos pusimos a buscar por toda la playa. Media hora. Nada. Entonces regresamos al cuarto porque pensamos: “A lo mejor somos unas pendejas y la dejamos arriba.” Buscamos. Nada. Para esto el otro chavo se quedó a seguir buscando mientras nosotras nos subimos. Y como una de nosotras tenía el número de uno de los chavos, le marcamos. —Oye, ¿viste una funda para celular? —No, no sé. Ahorita vamos para allá. Llegan y: —No, nosotros no vimos nada. Y el chavo que nos estaba ayudando ya estaba harto: —Morros, denles la funda. Denles el dinero. Ya. Y nosotras también: —¡Nosotras no queremos ir a tomar! ¡Queremos las tarjetas! Porque ellos todavía estaban: —Pues vamos a tomar a otro lado. Y nosotras: “¡SEÑOR, NO QUEREMOS FIESTA! ¡QUEREMOS LAS TARJETAS DEL HOTEL!” Yo ya estaba enojadísima: —El dinero ni siquiera me importa. ¡Quiero mis tarjetas porque me las van a cobrar! Nos metemos otra vez al hotel. No pasan ni cinco minutos… Nos marcan. —Ya la encontramos. ¿¿¿CÓMO QUE YA LA ENCONTRARON??? Según ellos, estaba cerca de unas rocas, rocas que estaban muy cerca del agua Nos entregan la funda. Y aquí viene lo interesante: La funda estaba seca. Sin arena. Sin agua. Sin nada. Y… sin dinero. Entonces nos quedamos viendo como: 👁️👄👁️ Porque la funda que supuestamente había estado cerca de las rocas, cerca del agua y cerca de la arena había pasado por una cirugía de extracción de efectivo. Pero bueno, recuperamos nuestras tarjetas y nos fuimos. Y dijimos: “Ya, aquí terminó el pedo.” NO. Al día siguiente bajamos otra vez a la playa y resulta que el chisme ya había recorrido toda la playa. llegan y nos dice: —¿Por qué andan diciendo que nosotros les robamos el dinero? Y nosotras: —¿QUIÉN DIJO QUE USTEDES SE LO ROBARON? Nosotras nunca dijimos nombres. Nunca acusamos a nadie. Solamente preguntamos por nuestra funda. Pero ellos solitos llegaron a reclamar. Y ahí entendimos algo: Nosotras no sabíamos quién se había robado el dinero… pero aparentemente ellos sí tenían bastante información. Así que moraleja: Si van a la playa, disfruten el mar, disfruten el sol, disfruten sus vacaciones… pero NO se hagan amigas de los que rentan motos acuáticas. Porque empiezas buscando un camastro… terminas dando besos por coerción social…