Kioña kioña cotorros, esta es un poco larga como la de Slobo. Les traigo la historia de cómo una relación de dos días me dejó un apodo que hasta la fecha sigo cargando. Ahorita ya voy en quinto semestre de prepa y todavía hay cabrones que cuando me ven me gritan: ”¡roba besos!” Todo empezó cuando iba en segundo semestre. Había una morra de mi salón que estaba guapísima; pelinegra, bonita y de esas que hacen que hasta te den ganas de ir a clases. Yo le empecé a hablar porque le hacían carrilla diciendo que era novia de uno de mis amigos, y pues dije: “De aquí soy”. Poco a poco le fui tirando el rollo, aunque creo que ella ni cuenta se daba. Después me enteré de que también le gustaba a otro wey de mi salón que me caía de la chingada, y para acabarla de amolar también le gustaba a otro de mis amigos. Esa madre ya parecía “La Casa de los Famosos”, pero versión COBACH. Total, un día la invité a salir a una plaza. Platicamos, caminamos, nos la pasamos muy bien y a mediados del semestre me armé de valor para decirle que me gustaba. Y aquí fue donde la vida me dijo: “Ten, para que luego no digas que nunca te pasa nada.” La morra me respondió que yo también le gustaba… aunque fuera un poquito. Imagínense mi ego. Yo ya me sentía el pinche Brad Pitt de la prepa. Dos días después, saliendo de clases, le dije: —Despídete bien. Y sí… nos dimos un beso. Ese día regresé a mi casa sintiéndome el protagonista de una película romántica. Yo ya estaba pensando hasta en los nombres de los hijos, y la relación ni llevaba 48 horas. Pero al día siguiente hice la pendejada más grande de toda mi vida. El cabrón que me caía mal se sentó enfrente de mí y pensé: “Hoy lo hago mierda.” Entonces empecé a gritarles a mis amigos cómo había estado todo y que ya me la había besado… nomás para que ese wey escuchara. Pues resulta que la que también escuchó fue ella. Se me quedó viendo con una cara de “ya valiste madre”, se enojó y me empezó a reclamar que por qué andaba contando lo que había pasado entre nosotros. Y pues… ahí murió la relación. Duró menos que una historia de Instagram. Todavía me dijo que si podíamos seguir siendo amigos, pero yo sabía que cuando ves a alguien de otra manera ya no puedes hacer como si nada hubiera pasado. Así que empecé a contestarle seco, tardarme horas en responder y al final dejamos de hablar. Hasta ahí parecía una historia cualquiera. Pero meses después me enteré de que ella andaba diciendo que yo prácticamente la había obligado a besarla, cuando la realidad es que ese beso fue completamente de acuerdo entre los dos. Desde ese momento mis amigos encontraron el apodo perfecto. “Roba besos.” Y desde segundo semestre hasta quinto semestre no me lo han quitado. Lo más cagado es que hace poco me enteré de que la morra todavía dice que me odia. Hasta me dejó de seguir en Instagram y me bloqueó. Y ya sé que muchos van a decir que eso no significa nada… Pero déjenme vivir en mi realidad. En mi cabeza, si después de tantos semestres todavía te bloquean, mínimo sigues ocupando un pedacito de renta en su cabeza. No pago luz, no pago agua, pero ahí ando. Y para rematar, el wey que antes me caía de la chingada terminó siendo uno de mis mejores amigos. Ahora él y otro compa nos decimos “socios” y nos llevamos con madre. O sea que el saldo final fue: Perdí una novia de dos días. Me gané un apodo de por vida. Mi supuesto rival terminó siendo mi compa. Y la única persona que sigue enojada… es la morra. Moraleja: si un día besan a alguien, disfrútenlo y cállense el hocico. Porque por andar de presumido terminé siendo “el roba besos” oficial de la prepa. Un saludo, socios.